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jueves, 29 de octubre de 2009

Infierno en vida para los reclusos la cárcel del 15 de Azua.

En Contacto con el Pueblo.Com

Azua de Compostela. En la cárcel del 15 de Azua no se sabe qué es lo peor si el hacinamiento, la inmundicia o el destierro a que son sometidos los reclusos que, en su mayoría, son llevados allí sin ser de los poblados del área.

Considerada como lo peor del sistema carcelario y el recinto al que más temen los presos, el también tildado como centro de castigo fue construido hace 13 años y alberga un total de 430 almas, 328 por encima de su capacidad.

La sola llegada a este lugar atemoriza y asquea. Un policía teclea en una máquina de escribir Olimpia los nombres de los visitantes mientras al fondo se ve un montón de hombres ociosos en el patio, que comparten con los únicos dos zafacones del penal, rebosantes de todo tipo de desperdicios y moscas.

Un preboste, garrote en mano, aguarda en la pequeña puerta de hierro tras de la que quedan los custodias conversando.

“¡A quién busca!”, pregunta con autoridad y tras conocer el motivo de la visita se dispone junto a otros a recorrer cada rincón de lo que él mismo llama “cementerio de vivos”.

Una mirada de cerca al patio arroja una realidad dantesca: hombres mutilados, cuerpos con huellas de disparos y cicatrices de largas heridas. Un grupo sentado, otro parado. Las tatuadas piernas de algunos reos sentados en las escaleras asoman a la verja.

Un laberinto. A las 2:00 de la tarde el Sol da de lleno en el 15 de Azua, la incandescencia se siente en un pasillo con muchas puertas que lleva a un área llamada ‘escuelita’ carente de toda ventilación. Una bombilla ilumina el espacio que aún en esa hora era totalmente oscuro. “Aquí se dan cursos, el último fue de fabricación de velones”, explica el guía.

A seguidas se dirige a las celdas, “venga para que vea como es que nosotros estamos aquí”, dice.

Unos sobre otros. Así están. Adheridas a la pared hay tres camas de cemento en cada una de las cuales los presos ponen los colchones, ropas y artículos de uso personal. De manera rudimentaria los presos tratan de obtener un poco de privacidad.

Forran con sábanas, cortinas o cualquier pedazo de tela los alrededores del camastro mientras que hojas de periódicos o revistas tapizan el cemento rústico del lado de la pared.

Las llaman goletas y albergan hasta 25 personas en las camitas y 10 o más en el piso. La escasa ventilación que reciben algunos la obtienen de un extractor de aire de la calle.

En esas condiciones están casi todos. Los que están ligeramente mejor ocupan áreas en que solo cabe una cama mediana, en la pared la ropa y un televisor.

Con desesperación, los presos de la ‘Alcatraz’ criollo claman por mejores condiciones: “Al menos que se nos permita comprar mejores alimentos para cocinar como en las otras cárceles”, dijo uno de ellos.

“Mira, este es el infierno, yo soy de La Romana y mi familia está allá, a veces viene alguien y se le queda la cédula y no lo dejan entrar, nosotros somos menos que perros”, se quejó otro.

Por lo pronto se consumen en su propia realidad mientras pagan por los delitos cometidos, sin posibilidad alguna de cambiar su condición.